La cola de personas es hoy más larga de lo habitual. No importa, ella atenderá a todos aunque llegue la noche. Prepara el lienzo, los óleos y los pinceles antes de abrir la puerta del taller.

Uno tras otro, pasan los clientes. Describen su deseo —aunque algunos tardan en atreverse, llenos de vergüenza— y ella escucha con atención, intentando captar todos los detalles con sus matices. Después pinta en el lienzo y lo deseado se hace realidad. Suelen ser objetos sencillos: un mueble, un vestido o unas muletas. A veces, algo para calmar el hambre; en ese caso, ella no les pide nada a cambio. Otros encargos los rechaza: el amor de una persona o la desgracia de un enemigo.

Cuando el último cliente se marcha, la luna resplandece en el cielo estrellado. Como cada noche, se sitúa delante del lienzo —ese que de día oculta en un armario cerrado con llave— y con el pincel en una mano y la paleta en la otra espera a la llegada de la inspiración. Esta vez tampoco se atreve. Por muy precisos que sean los trazos, los contornos y colores, él no será el mismo. Nunca volverá.

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