Este verano me inscribí en un curso de la volkshochschule (que se traduciría como «universidad popular») para construir un instrumento musical de madera a elegir entre varias posibilidades.

Junto con otra de las participantes, me decidí por una lira (¿griega?). Para hacer la caja de resonancia, tuvimos que escoger entre dos maderas. Nos complicamos la vida y elegimos la de roble, más dura, pero de mejor sonoridad. Entonces todavía no sabíamos el agotador trabajo que teníamos por delante. Cortar, limar y lijar; horas sin descanso, sudor y agujetas.

Para inspirarnos, nos mostraron liras con formas abstractas y cierta asimetría. Tras dibujar varios bocetos, me desvié de los modelos, decidiéndome por una silueta de un búho (simétrica). Otro punto que complicaría la labor con sus curvas y aristas intrincadas.

Plantilla recortada sobre el tablón que será la caja de resonancia

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Con ayuda del profesor y de diferentes herramientas eléctricas, conseguimos serrar la forma de manera algo tosca. Eso sí, con pequeños accidentes por el camino (afortunadamente, la única víctima fue la madera). Y después tocó limar. No importaba el tiempo empleado, el borde del tablón no quería acercarse al contorno marcado por el lápiz.

Tablón de roble con la forma recortada

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En la tercera clase tocó cortar las tapas. Creíamos que iba a ser más fácil, eran de un material más blando que el roble y mucho más finas. El limar y el lijar necesitaba de menos esfuerzo, pero la madera amenazaba con resquebrajarse con cada roce. Los desperfectos fueron tales que no se difuminaron pese a usar toda mi paciencia para lijarlos. Por suerte, casi todos se encuentran en la tapa trasera. En la delantera taladramos la boca, el agujero que deja salir el sonido de la caja de resonancia. Al terminar la sesión, encolamos las tres partes.

En la clase siguiente nos dedicamos a lijar. Las tapas distaban de tener una forma semejante a la de la caja de resonancia.

Caja de resonancia con tapas

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Durante varias sesiones, seguimos lijando y lijando y lijando. Y porque llegó la última de las seis clases, que si no, seguiríamos todavía lijando. La perfección es imposible de alcanzar.

Solo nos quedaba taladrar los pequeños orificios para pasar las cuerdas, lo que fue relativamente sencillo. Y como paso final, colocamos las siete clavijas, una por cuerda.

Afinar es muy complicado, un giro de pocos grados cambia a la siguiente nota. El profesor nos recomendó usar la afinación Re - Mi - Sol - La - Si - Re - Mi (D - E - G - A - B - D - E), pero hay muchas otras posibilidades.

Las siete cuerdas

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Muchos la hubieran dado por terminada, pero, ya en casa, quise decorarla. Y ya que tenía forma de búho y, en teoría, era un instrumento de origen griego, qué mejor que decorarla con mochuelos de Atenea (mochuelo europeo, Athene noctua). Me inspiré en las cerámicas de figuras negras de la Antigua Grecia. Usé rotuladores de tinta china y acrílicos.

Motivos a lápiz y primeros colores

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Para finalizar la barnicé con un barniz mate al agua. ¡Y ya estaba lista para usar! Después de tanto ajetreo, tuve que volver a afinarla. Para saber si suena como una lira de la Antigua Grecia, tendría que viajar al pasado. Quién sabe, tal vez algún día.

La lira terminada

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