Apenas llega a los seis centímetros de longitud y viste de azul metálico. Etéreo, casi imperceptible.

Pese a los zumbidos de su aleteo, los pasajeros apenas desvían la vista de los teléfonos. La mayoría lo confunde con un abejorro desorientado. Solo los pocos que le prestan atención ríen cuando descubren al colibrí e intentan sacarle una foto. Pero el pajarillo ya está volando sobre la siguiente cabeza. Con sus ojos biónicos, el minúsculo dron escanea las pantallas de los viajeros, ajenos a que se hallan en medio de una investigación. Corren peligro: en el vagón se esconde un terrorista.

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